Intuyo que una convulsión se puede experimentar de dos maneras y al menos en dos cuerpos distintos: aquel cuyo organismo es fuente de la descarga eléctrica que lo corta del mundo, y un otro -si es que hay un otro que lo acompaña o está a su lado-, que recibe todo lo que ese cuerpo en pleno estremecimiento libera. En intensidades radicalmente distintas ambos son atravesados por una sacudida de dimensiones tectónicas. Y es que la vibración que deja esa tremenda actividad espasmódica se dispara y no detiene su viaje. Repercute de un cuerpo a otro cuerpo, y aunque su intensidad se reduzca hasta su mínima potencia, su agitación sigue, como memoria encarnada de un suceso cuyo origen quizás se encuentre olvidado o perdido. Y es que un cuerpo que se convulsiona pierde todo aquello que le pasa en medio de la conmoción. Lo que queda es el recuerdo vago de los umbrales inciertos del aura. 

Es posible pensar el teatro como consecuencia -muchas veces indirecta- de sucesos tan estremecedores que marcaron un hito en algún momento de nuestra existencia, y que soltaron esa estela trepidante que afectó el transcurso de nuestra vida e historia. 

Si el teatro puede ser un artefacto colectivo para registrar los asomos de aquellas regiones de lo irresuelto, Rodrigo Parrini acude a él para poner en palabras los relampagueos y temblores provenientes de esa zona abismal a través del trabajo de dos colectivos artísticos: Teatro Línea de Sombra y Teatro Ojo. Es con ellos que se atreve a interrogar esa fuerza vibrátil y persistente que pulsa, inquieta, perturba, zarandea el acontecimiento teatral y que, paradójicamente, también lo sostiene. Se hace presente una vieja figura clásica, vinculada estrechamente a lo que se suele entender como los orígenes del teatro, en que una persona que sabe adivinar interpreta las palabras frenéticas de otro cuerpo en medio del furor divino, y nos devuelve enigmas que se descifran con el paso del tiempo.

Este libro nos recuerda que hacemos teatro también, para asomarnos al pozo negro de nuestros puntos más ciegos por el que se escurren los sedimentos de lo que fuimos antes y somos ahora, en lo que parece ser el tiempo en que rozamos el apogeo de nuestro extravío 


Patricio Villarreal 

TEATRO Y CONVULSIÓN - Teatro de los desiertos y etnografías forenses.

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Intuyo que una convulsión se puede experimentar de dos maneras y al menos en dos cuerpos distintos: aquel cuyo organismo es fuente de la descarga eléctrica que lo corta del mundo, y un otro -si es que hay un otro que lo acompaña o está a su lado-, que recibe todo lo que ese cuerpo en pleno estremecimiento libera. En intensidades radicalmente distintas ambos son atravesados por una sacudida de dimensiones tectónicas. Y es que la vibración que deja esa tremenda actividad espasmódica se dispara y no detiene su viaje. Repercute de un cuerpo a otro cuerpo, y aunque su intensidad se reduzca hasta su mínima potencia, su agitación sigue, como memoria encarnada de un suceso cuyo origen quizás se encuentre olvidado o perdido. Y es que un cuerpo que se convulsiona pierde todo aquello que le pasa en medio de la conmoción. Lo que queda es el recuerdo vago de los umbrales inciertos del aura. 

Es posible pensar el teatro como consecuencia -muchas veces indirecta- de sucesos tan estremecedores que marcaron un hito en algún momento de nuestra existencia, y que soltaron esa estela trepidante que afectó el transcurso de nuestra vida e historia. 

Si el teatro puede ser un artefacto colectivo para registrar los asomos de aquellas regiones de lo irresuelto, Rodrigo Parrini acude a él para poner en palabras los relampagueos y temblores provenientes de esa zona abismal a través del trabajo de dos colectivos artísticos: Teatro Línea de Sombra y Teatro Ojo. Es con ellos que se atreve a interrogar esa fuerza vibrátil y persistente que pulsa, inquieta, perturba, zarandea el acontecimiento teatral y que, paradójicamente, también lo sostiene. Se hace presente una vieja figura clásica, vinculada estrechamente a lo que se suele entender como los orígenes del teatro, en que una persona que sabe adivinar interpreta las palabras frenéticas de otro cuerpo en medio del furor divino, y nos devuelve enigmas que se descifran con el paso del tiempo.

Este libro nos recuerda que hacemos teatro también, para asomarnos al pozo negro de nuestros puntos más ciegos por el que se escurren los sedimentos de lo que fuimos antes y somos ahora, en lo que parece ser el tiempo en que rozamos el apogeo de nuestro extravío 


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